El mito de la invisibilidad de la mujer en la historia

Este artículo repasa a distintas mujeres destacadas de la historia para desmentir que las mujeres no tuvieron lugar en la cultura, política y sociedad de cada época.

En el Jardín de Luxemburgo, emblemático parque de París, en torno a la inmensa fuente central donde nadan los patos y los niños hacen navegar sus veleros de juguete, hay 20 hermosas estatuas de mujeres destacadas en la historia de Francia. Dos cosas llaman la atención de este conjunto escultórico: muchas de las damas allí homenajeadas fueron reinas, con mando y poder efectivos, y en un pasado tan remoto como el período que va del siglo VII al XVII. Por otra parte, este homenaje a mujeres protagonistas -«reinas, santas y celebridades», dice la placa- se hizo entre los años 1843 y 1846, durante la llamada Monarquía de Julio y por decisión del rey Luis Felipe de Orléans, que eligió personalmente a las homenajeadas.

En España, a fines del siglo XV, en las postrimerías de la Edad Media, la futura Isabel la Católica se autoproclamó reina de Castilla a los 23 años (en ausencia de su esposo) y nadie, ninguno de los poderosos barones guerreros defensores de sus fueros particulares, la cuestionó por ser mujer.

«¿No es sorprendente pensar que en los tiempos feudales la reina era coronada como el rey (…)? Dicho de otro modo, se le atribuía a la coronación de la reina tanto valor como a la del rey», escribió la historiadora y medievalista francesa Régine Pernoud (1909-1998), autora del imperdible ensayo Pour en finir avec le Moyen Age (Para Acabar con la Edad Media; Seuil, 1977).

Sin embargo, el nuevo credo feminista afirma la total «invisibilización» de la mujer a lo largo de toda la historia y hasta el día de ayer. Anagrama acaba de publicar un librito de la dibujante feminista Jacky Flemming, El problema de las mujeres, que pretende ser un recorrido histórico por la condición femenina: «Antiguamente no existían las mujeres (sic), de ahí que no nos las encontremos en las clases de historia del colegio. Sí que había hombres, y, entre ellos, no pocos eran genios». Evidentemente distraída en clase, la autora basa su cuento en la generalización a todo el pasado de posicionamientos y declaraciones machistas de algunas personalidades, como Charles Darwin, por ejemplo. Lo que fue cierto en la Inglaterra victoriana atraviesa según ella toda la historia de nuestra civilización.

En 1975, proclamado «Año de la Mujer» -el feminismo no nació ayer-, las francesas redescubrieron a Leonor de Aquitania (1122 ó 1124 – 1204), duquesa, condesa y reina consorte de Francia y de Inglaterra. Mujer independiente que osó divorciarse ni más ni menos que de un rey, para luego casarse con otro, al que también desafió. Tuvo diez hijos, entre ellos los célebres Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra, lo que no le impidió actuar en política casi hasta el fin de sus días.

Curiosamente será la llamada Edad Moderna la que traerá una progresiva exclusión de la mujer de la esfera pública. Pernoud explica que «mientras Leonor de Aquitania o Blanca de Castilla [N. de la R: nieta de la anterior] dominan realmente su siglo», esta «igualdad» de las reinas durará hasta el siglo XVII; la última reina coronada en Francia fue María de Médici (en cuyo honor justamente se construyó el Jardín y Palacio de Luxemburgo, hoy sede del Senado).

La consolidación y centralización de las monarquías europeas llevará, a partir de los siglos XV y XVI, a imponer la ley sálica en la sucesión al trono. La inspiración para esta masculinización del poder no vendrá de la doctrina cristiana -perdón- sino del derecho romano, del pater familias, en el cual buscarán argumentos los reyes, para fortalecerse. Es un derecho nada favorable a la mujer ni al niño, explica Pernoud, y que representará una regresión con respecto al derecho consuetudinario medieval.

«Evidentemente, si razonamos a partir del concepto de ‘paridad’, es cierto que la mujer en la Edad Media no goza de la misma autonomía que el hombre -escribe por su parte el historiador Jean Sévillia en Historiquement correct (Perrin, 2003)-. Sin embargo, hay que considerar los derechos esenciales de los que goza. En las asambleas urbanas o en las comunidades rurales, las mujeres, cuando son jefas de familia, poseen derecho de voto. Entre los campesinos, los artesanos o los comerciantes, no es raro que la mujer dirija la explotación, el taller o la tienda. A fines del siglo XII, en París, se encuentran mujeres médicos, maestras de escuela, apoticarias, teñidoras o encuadernadoras».

«Régine Pernoud -sigue diciendo Sévillia- subraya que, contrariamente a lo que pasa en el Extremo Oriente o en los países musulmanes, los progresos de la libre elección del cónyuge acompañan la difusión del cristianismo. Entre el siglo V y X, la Iglesia lucha por limitar los casos de anulación del matrimonio y prohibir el repudio -costumbre romana y germánica-, lo que mejora considerablemente la condición femenina».

Esto pone de relieve el otro anacronismo en el cual cae cierto feminismo, furibundamente anticatólico: la indisolubilidad del matrimonio, que en el siglo XX pudo empezar a ser visto como oprimente, no fue inspirada en su origen por la misoginia ni representó un retroceso para la mujer, sino todo lo contrario.

«Todavía hoy, decía Régine Pernoud, es en los países cristianos donde esa libertad [de elegir al cónyuge], tan justamente reivindicada, es reconocida por las leyes mientras que en países musulmanes o países de Extremo Oriente esta libertad, que nos parece esencial, no existe o ha sido muy recientemente concedida».

Pernoud califica de «tonterías evidentes» algunas de las grandes falsedades sobre la misoginia de la Iglesia. En particular, la que sostiene que, recién en el siglo XV, la Iglesia admitió que la mujer tenía un alma, fake news que algunos siguen repitiendo sin la menor reflexión.

«Así, durante siglos, se habría bautizado, confesado y admitido en la Eucaristía a seres sin alma», ironiza la medievalista, que recuerda que entre los primeros mártires y santos de la Iglesia, las mujeres eran tan numerosas como los varones.

Durante la Edad Media, las órdenes femeninas, y las abadesas que las presidían, llegaron a tener gran poder y los conventos eran lugares de estudio e irradiación cultural al igual que los monasterios.

Pero como el estatus de la mujer en la Iglesia evolucionaba a la par del de la sociedad civil, también en las instituciones eclesiásticas el siglo XVI marcó el inicio de una progresiva marginalización.

Este relegamiento, que empezó por la función pública, fue alcanzando luego la esfera privada, y la mujer se vio privada de la potestad sobre los hijos y del libre usufructo de sus bienes.

Sin embargo, todo el siglo XX marcó la re-emancipación de la mujer; un proceso obviado por la corriente feminista actual, en lucha contra un patriarcado que ya no existe.

Desde el reduccionismo o en clave de guerra de sexos es imposible reconstruir la evolución del lugar y el rol de la mujer en la sociedad a lo largo de la historia en toda su complejidad y riqueza. Los esquemas simplistas o maniqueos llevan a no poder ver más que lo que encaja en las categorías que se afirman.

Actualmente, en los países occidentales y judeocristianos -perdón, otra vez- ya no existen prácticamente leyes patriarcales -en Argentina, ninguna-: a igual remuneración, igual salario; las mujeres disponen libremente de sus bienes; la patria potestad es compartida y los hijos pueden ser inscriptos indistintamente con el apellido de la madre o del padre, etcétera.

Pero, paradójicamente, el feminismo es más intenso y radical justamente allí donde los derechos de la mujer ya han sido conquistados; y no necesariamente como resultado directo de sus luchas, sino de la evolución natural de la sociedad y de la toma de conciencia tanto de mujeres como de varones. Argentina es un caso paradigmático: las dos principales herramientas de participación política femenina fueron obra de varones: Juan Domingo Perón (el voto y la elegibilidad de las mujeres) y Carlos Menem (el cupo femenino).

Hace poco fue reeditado aquí el ensayo fundacional del feminismo: El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Si la leyeran, sus seguidoras actuales constatarían que la filósofa francesa no padecía de la misma falta de conciencia histórica que afecta al feminismo actual.

«Al feminismo revolucionario -escribió por ejemplo Beauvoir en El segundo sexo-, al llamado feminismo independiente de madame Brunschwig, se adjunta un feminismo cristiano: (el papa) Benedicto XV se pronuncia en favor del voto femenino, en 1919; monseñor Baudrillart y el padre Sertillanges desarrollan una ardiente propaganda en este sentido».

Fuente: Infobae

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