Familias aisladas, pero más conectadas que antes

Familias aisladas, pero más conectadas que antes

Siete historias de reencuentro con la mejor cara de la tecnología.

Por Gustavo Entrala, experto en tendencias, innovación y branding (@gentrala).

Nota inicial del autor: Todas estas historias son reales aunque he omitido las identidades reales por respeto a los protagonistas. ¿Qué tienen en común? La crisis que estamos viviendo, que causa mucho dolor e incertidumbre en millones de personas, nos está sirviendo para valorar los medios tecnológicos y situarlos en su papel originario: conectarnos. Antes estábamos conectados pero aislados. Ahora quizá estemos aislados de verdad, pero más conectados que nunca.


La familia de Carmen es grande. 
Durante el aislamiento por el coronavirus, esta madre de seis hijos experimenta todos los días lo que denomina ‘una gama infinita de estados emocionales’, que no es fácil de manejar. Pero a las ocho y media, después de aplaudir a los sanitarios en el balcón, sus seis hijos la esperan emocionados para un juego en el que el protagonista es el abuelo. Durante el día, el abuelo ha pensado qué va a preguntar a sus nietos  en una especie de ‘Trivial por Facetime’ al que toda la familia se conecta, cada uno desde su pantalla. Para los niños es el mejor rato del día. El abuelo, que antes del aislamiento estaba un poco ausente, espera con ilusión que lleguen las ocho y media de la tarde.

La familia de Iván no sigue ejercicios de yoga por Instagram. Pero cada día, sus tres hijos ‘visitan’ la oficina que papá ha montado en casa y le ven concentrarse, tomar notas, hablar con el jefe, preocuparse, animar a uno de su equipo… un auténtico máster sobre el valor del trabajo. Desde el lunes pasado, los hijos de Iván se sientan a hacer sus deberes en la oficina temporal de su padre y quieren hacer el mismo horario que él. Iván les deja usar sus bolígrafos y les avisa cuando tiene que reunirse con su equipo para que estén callados.

La familia de Stella vive en un piso de 50 metros cuadrados. En su casa no hay sitio para esconderse y escuchar las sesiones de mindfulness de Spotify. Hay días que se hacen eternos; sobre todo cuando llueve. Pero Stella y su hija están aprendiendo a cocinar juntas. Por la mañana deciden el plato con que van a intentar deslumbrar a la otra mitad de la familia. Miran en YouTube la receta, hacen un plan y a la una se ponen manos a la obra. Hacía mucho tiempo que Stella y su hija no se lo habían pasado tan bien juntas. Antes discutían sin comunicarse.

La familia de Laura tampoco lo está pasando bien. Laura es estudiante de Psicología y vive el confinamiento con su madre. Su padre estaba de viaje cuando se decretó el estado de alarma y no ha podido regresar a España. A Laura no le gusta que se lo diga, pero antes del coronavirus hacía mucho postureo en Instagram. Ahora -reconoce- “no tengo nada que enseñar a los que me siguen. Pero me hace feliz dominar tanto el smartphone como para ser la asesora tecnológica de mis padres. Hemos creado una sala de estar virtual en Zoom que siempre está abierta. Mi padre nos ve todo el día desde el hotel y nosotros a él”.

Blanca cumple 80 años en verano y pasa el aislamiento en soledad. Le agobian las listas de cosas que los medios dicen que hay que hacer cada día ahora que no podemos salir a la calle. Sus nietos le llevan los medicamentos y las provisiones que necesita y se lo dejan en la puerta. Hablan con ella durante unos minutos -a gritos, claro- y se marchan. Blanca no necesita completar una “checklist” de actividades. Barre su casa, repasa el baño, reza un rato por todos y a las once en punto arranca su agenda social. Cada día habla con sus hijos y nietos por videollamada. Dice que han sido un descubrimiento: “¡Verse cada día es lo máximo! ¡Nada que ver con las llamadas de voz!” Y ha hecho una lista de parientes y amigas con las que habla cada día. “Antes cotilleábamos por Whatsapp, pero eso no llena”, me dice.

Gonzalo es padre de dos niños guapísimos. Es un tipo listo, lee sin parar y tiene una memoria de elefante. Gonzalo puede llegar a ser agotador cuando se obsesiona con un tema. Durante la primera semana de confinamiento, no dejaba de enviarnos noticias, valoraciones y opiniones sobre el coronavirus. Unos días veía clarísimo que ‘esto no es más que una gripe y nos están engañando’; en otros momentos aseguraba con multitud de argumentos que se tenía que haber actuado antes. Uno de los que está en el grupo de WhatsApp no pudo resistirse y sí, lo hizo… Escribió: “Gonzalo, BASTA! No podemos más”. Hace unos días que Gonzalo ha decidido reducir su dieta de consumo de noticias a media hora al día. Está feliz. Él y todos los que le rodeamos.

Alex es padre de tres niños y no tiene tiempo para hacer visitas virtuales a museos. Ayer me decía por teléfono, que estos días no están siendo nada fáciles. En un momento de sinceridad, me confesaba “Gustavo, hay días que salgo al balcón a aplaudir desde el piso en el que vivimos -un octavo- y me tiraría de cabeza si pudiera”. Pero Alex está feliz por un motivo: cuando acuestan a los niños, su mujer y él están teniendo conversaciones de fondo que venían aparcando desde hace años. Cosas que querían decirse sobre cómo se sentían en la relación, pero que retrasaban porque les daba pánico afrontar ESA CONVERSACIÓN.

 

Publicado en empantallados.com.

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