Rabino Sacks: «El amor que trae nueva vida al mundo»

Ponencia del Rabino Jonathan Sacks en el Congreso Internacional sobre “La complementariedad del hombre y la mujer”, celebrado en el Vaticano. El Rabino propone la belleza única de la unión en el matrimonio.

Hoy quiero empezar mi ponencia contando la historia de una de las más fascinantes ideas en la historia de nuestra civilización. Desde luego, la que propondré a continuación es solamente una entre las muchas formas en las que ésta puede ser contada; desde mi punto de vista se trata de una historia que puede ser dividida en siete momentos clave, cada uno de los cuales tiene tanto de sorprendente como de inesperado.

El primero de dichos momentos, de acuerdo con un reportaje periodístico que apareció en la prensa el pasado 20 de octubre, tuvo lugar hace aproximadamente 385 millones de años en Escocia. Fue entonces cuando, según este nuevo descubrimiento científico, dos peces se unieron para realizar el primer ejemplo conocido de reproducción sexual.

Hasta ese momento, de hecho, toda la vida se había propagado de forma absolutamente asexuada, mediante división celular, germinación, fragmentación o partenogénesis. Cada una de estas modalidades ha de ser considerada en absoluto más elemental y económica en comparación con la reproducción de la vida entre macho y hembra, en la que ambos desempeñan roles distintos y muy específicos en la creación y el sustentamiento de la vida.

También dentro del reino animal si se consideran el esfuerzo y la energía necesarios a la unión entre macho y hembra −en cuanto a exposición, rituales de cortejo, rivalidad y violencia− resulta realmente increíble pensar cómo la reproducción sexual subsista a pesar de todo esto, y los biólogos todavía no han podido proporcionar una explicación exhaustiva. Algunos consideran que se debe a una estrategia de protección contra los parásitos, o a un remedio que mejora la inmunidad contra las enfermedades. Otros apuntan más sencillamente que el encuentro entre opuestos es funcional a la creación y al mantenimiento de la diversidad. De todas formas, esos dos peces en Escocia descubrieron algo en absoluto nuevo y maravilloso que desde entonces ha sido remedado prácticamente por todas las demás formas de vida más evolucionadas. La vida comienza cuando una hembra y un macho se encuentran y se abrazan.

El segundo e inesperado desarrollo en nuestra historia ha sido el singular que el Homo Sapiens ha tenido que encarar en dos distintos frentes: si por un lado hemos alcanzado la postura erecta −que además de ocultar los genitales femeninos también los ha comprimido notablemente− por el otro hemos desarrollado una capacidad craneal mayor −con un crecimiento del 300%−, lo cual comporta haber llegado a tener cabezas cada vez más grandes. El resultado ha sido que los cachorros humanos debían nacer prematuramente respecto a los de otras especies, al punto que necesitaban, después del nacimiento, de una protección prolongada y un quehacer más laborioso y difícil por parte de la madre. Esto, a su vez, ha conllevado que se hiciese necesaria la presencia de dos personas para asegurarles el cuidado.

Por lo tanto, se trata de un fenómeno bastante insólito entre los mamíferos que establecen un vínculo de pareja, dado que en las otras especies la contribución del macho tiende a limitarse al mero acto del apareamiento. Entre la mayor parte de los primates, por ejemplo, el padre nunca reconoce a sus hijos, ni tampoco cuida de ellos. Entre las otras especies del reino animal, mientras la maternidad tiende a ser universal, la paternidad representa un hecho claramente inusual. Es, pues, con el advenimiento del ser humano que surge el fenómeno por el cual los padres biológicos conjuntamente cuidan de sus hijos. Hasta ese momento podemos hablar exclusivamente de naturaleza, mientras que desde entonces he aquí que aparece la cultura, esto es, la tercera excepcional sorpresa de nuestra historia.

Al parecer, en las sociedades de cazadores-recolectores la unión de pareja representaba la norma. Con la invención de la agricultura, la plusvalía económica, la creación de las ciudades y el surgimiento de las civilizaciones, por primera vez empezaron a hacerse patentes las desigualdades entre ricos y pobres, entre pudientes y pobres. Los enormes Zigurat de Mesopotamia y las pirámides del antiguo Egipto, con sus amplias bases y los vértices estrechos, eran representaciones monumentales en piedra de sociedades fuertemente jerarquizadas, en donde el poder estaba concentrado en manos de un círculo de pocas personas que lo ejercitaban sobre el resto de la población. Y la expresión de poder más obvia entre los machos alfa, bien entre los humanos bien entre los primates, consistía justamente en la gestión del acceso a las hembras fértiles. Es así cómo podemos justificar el fenómeno de la poligamia, cuya existencia se registra entre el 95% de los mamíferos y el 75% de las sociedades conocidas y estudiadas por los antropólogos. En este sentido la poligamia puede ser considerada la expresión más alta de desigualdad, puesto que les impide a los machos la posibilidad de tener una mujer y unos hijos. Desde siempre a lo largo de la historia, tanto entre los humanos como para el resto de los animales, la envidia sexual ha representado un factor generador de violencia.

Esto es justamente lo que hace tan revolucionario el primer capítulo del Génesis, cuando afirma que cada ser humano, sin diferencia de clase, color, cultura o fe, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios mismo. Sabemos que en la antigüedad soberanos, reyes, emperadores y faraones eran considerados manifestaciones o emanaciones divinas. Por lo tanto, la novedad revolucionaria introducida por el relato del Génesis está en el hecho de que todos somos considerados, en un cierto sentido, reyes. Cada uno tenemos igual dignidad en el reino de la fe y bajo la soberanía de Dios.

De aquí que cada uno de nosotros tiene el mismo derecho de construir un matrimonio y tener hijos, que es precisamente la razón por la que, independientemente de cómo leamos la historia de Adán y Eva −y sí que hay diferencias sustanciales entre la lectura hebrea y la cristiana− la regla básica de la historia es que tiene que haber una mujer y un hombre. O como dice la misma Biblia: «Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Efesios, 5:31).

Pese a esto, la monogamia no se convierte inmediatamente en la norma, incluso dentro del mundo de la Biblia. Sin embargo, muchas de las historias que en ella se cuentan, como por ejemplo la del conflicto entre Agar y Sara, la de Lea, Raquel y sus hijos, la vicisitud de David y Betsabé, o la de Salomón y de sus muchas mujeres, todas ellas representan críticas que marcan el camino progresivo hacia la monogamia.

Así se establece una profunda relación entre monoteísmo y monogamia, de la misma forma en que se da, por el contrario, entre adulterio e idolatría. De hecho, el monoteísmo y la monogamia conllevan una relación muy estrecha entre el Yo y el Tú, entre yo y el otro, bien sea éste un otro humano o bien divino.

Lo que convierte el advenimiento de la monogamia en un acontecimiento inusual es que comúnmente los valores de una sociedad suelen ser los que imponen los de arriba, esto es, la clase dirigente. En cualquier sociedad jerarquizada la clase dominante tiende a perseguir la promiscuidad y la poligamia, puesto que ambas multiplican las posibilidades de reproducción de los genes y, por ende, su transmisión a las generaciones sucesivas. Con la monogamia, en cambio, los ricos y pudientes tienen mucho que perder, mientras que los pobres y miserables ganan. Por lo tanto, la llegada de la monogamia va contra el flujo normal del cambio social, y ha representado el verdadero éxito de una dignidad e igualdad universales.

Cada pareja de esposos son reyes; cada hogar se convierte en un palacio real cuando está amueblada de amor.

El cuarto considerable desarrollo tiene que ver justamente con el modo en el que éste ha influenciado la vida moral.

Ya todos conocemos el trabajo de algunos biólogos evolucionistas quienes, sirviéndose de numerosas simulaciones computerizadas y de la experimentación reiterada del dilema del prisionero, han podido explicar el porqué de la existencia del altruismo mutuo entre todas las especies de animales sociales. Nos portamos así como queremos que los demás hagan con nosotros y les respondemos exactamente como ellos nos responden a nosotros. Como apunta C. S. Lewis en su libro La abolición del hombre, la ética de la reciprocidad es la regla de oro compartida por todas las grandes civilizaciones.

La extraordinaria novedad introducida por la Biblia judía es la idea que el amor, y ya no sólo la corrección y la honestidad, es un principio guía para la consecución de la vida moral· Tres declinaciones del amor: «Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio, 6:5). «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo, 22:37-39). Y el tercero, que se repite no menos de treinta y seis veces en los libros de Moisés, «Mostrad, pues, amor al extranjero, porque vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto» (Deuteronomio, 10:19). O por decirlo de otra forma: así como Dios creó el mundo natural en el amor y la misericordia, asimismo se nos precisa que creemos el mundo social en el amor y la misericordia. Y ese amor es una llama que ilumina el matrimonio y la familia. La moralidad no es otra cosa sino el amor entre los cónyuges, entre padre e hijo, extendido hacia fuera, al resto del mundo.

El quinto desarrollo es el que ha forjado la entera experiencia del pueblo judío. En el antiguo Israel una forma prístina y ancestral de acuerdo, llamada alianza, se convirtió luego en un modo nuevo de pensar la relación entre Dios y la humanidad, como en el caso de Noé, entre Dios y un pueblo, como en el caso de Abraham y, sucesivamente, con los israelitas en el Monte Sinaí. Una alianza es como un matrimonio, un compromiso de lealtad y confianza mutuas entre dos o más personas, en el respeto mutuo de la dignidad e integridad del otro, para trabajar juntos, para conseguir juntos lo que ninguno de los dos puede conseguir solo. Y hay una cosa que hasta Dios no puede lograr por sí mismo, es decir, el hecho de vivir dentro del corazón humano. Y por eso nos necesita.

En este sentido la palabra hebrea emunah, equivocadamente traducida por fe, en realidad significa lealtad, fidelidad, firmeza, determinación, en otros términos, no echarse atrás cuando el camino se complica, sino creer en el otro y honrar la confianza que nos tiene. Lo que el Testamento hizo, y se puede ver en casi todos los profetas, ha sido comprender la relación entre nosotros y Dios en los términos de una relación entre hombre y mujer, entre esposo y esposa. El amor se convierte así no solamente en la base de la moralidad, sino también de la teología. En el judaísmo la fe es una forma de matrimonio. Y esto se hace patente de la forma quizá más diáfana en el paso en el que el mismo Oseas pronuncia en el nombre de Dios:

Te desposaré conmigo para siempre;
te desposaré conmigo en justicia, y en derecho, en amor y en compasión,
te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor
(Oseas, 2:19-20).

Los judíos pronuncian estas palabras casa mañana durante los días laborales, mientras se envuelven las correas del tefillin −en castellano es un instrumento conocido con el nombre de “Filacteria”, y consiste en dos pequeñas cajitas de cuero kasher que se utilizan en la oración de la mañana[1]. Así, cada mañana renovamos nuestro matrimonio con Dios.

Esto nos lleva a la sexta y muy sutil idea según la cual verdad, belleza, bondad y la misma vida no existen en ninguna persona o entidad, sino que residen en el “entre”, en lo que Martin Buber definió Das Zwischenmenschliche, esto es, la interpersonalidad, la complementariedad del hablar y ser escuchados, del dar y recibir. En la Biblia judía y en la literatura rabínica, la conversación es el vehículo de la verdad. En su revelación, mientras habla, Dios nos pide que lo escuchemos; en cambio, en la oración, somos nosotros quienes hablamos con Dios, pidiéndole que nos escuche. Nunca hay una voz única. En la Biblia los profetas conversan con Dios, así como en el Talmud dos rabinos hablan entre ellos. Por esto, en ocasiones, pienso que la razón por la que Dios eligió al pueblo judío yace justo en Su amor por el debate. El judaísmo es una conversación caracterizada por la presencia de más voces, no menos apasionante que, en el Cantar de los Cantares, el dueto entre un hombre y una mujer, entre el amante y el amado, y que el Rabino Akiva llamó el Santo de los Santos de la literatura religiosa.

El profeta Malaquías llama al sacerdote varón el guardián de la ley de la verdad. El libro de los Proverbios define a la mujer de valor «en cuya lengua reside la ley de la amorosa bondad». Entonces, es precisamente en la comunicación entre las voces de la mujer y del hombre, entre verdad y amor, justicia y misericordia, ley y clemencia, donde se estructura la vida espiritual. En la época del Antiguo Testamento cada judío debía entregar medio siclo[2] a la entrada del Templo para recordarnos que sólo somos una mitad. Hay culturas según las cuales no somos nada, otras en cambio para las que lo somos todo. La visión hebrea afirma que sólo somos una mitad, y que es menester que nos abramos al otro si queremos convertirnos en un todo, en un conjunto.

Todo lo dicho hasta aquí nos lleva al séptimo descubrimiento según el cual, siempre en el judaísmo, la casa y la familia se convierten en el eje vertebrador de la vida de fe. En el único verso de la Biblia judía en donde se explica el por qué Dios eligió a Abraham, Él dice: «Porque yo lo he escogido para que mande a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y juicio» (Génesis, 18:19). Abraham fue elegido no para gobernar un imperio, mandar un ejército, realizar milagros o pronunciar profecías, sino por el simple hecho de ser un padre.

En uno de los versos más célebres de la literatura hebrea, y que nosotros pronunciamos casa día y cada noche, Moisés advierte, «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio, 6: 6-7). Los padres han de ser educadores, la educación es la conversación entre generaciones, y la primera escuela es la casa.

Y es por esto que los judíos se han convertido en un pueblo tan profundamente orientado a la familia, y esto ha sido lo que nos salvó de la tragedia. Después de la destrucción del Segundo Templo en el año 70, los judíos fueron desperdigados a la fuerza por el mundo, dondequiera han representado una minoría sin derechos y han sufrido algunas de las persecuciones más atroces que un pueblo haya conocido jamás. Pero, a pesar de esto, han sobrevivido justamente por no haber perdido nunca tres cosas fundamentales: el sentido de la familia, de la comunidad y de la fe.

Dichos valores los renovamos cada semana y en particular en el Shabbat, el día del descanso, que es cuando le damos a nuestro cónyuge, a nuestros familiares lo que más necesitan en absoluto, y de lo que, sobretodo hoy día, están particularmente hambrientos, esto es, nuestro tiempo.

Hace algunos años me dediqué a la producción de un reportaje de televisión para la BBC sobre el estado de la familia en Gran Bretaña. Para su realización invité a una persona que en aquellos años era la mayor experta en la custodia de los menores, Penelope Leach, y un viernes por la mañana la llevé conmigo a una escuela primaria judía.

En esa ocasión Leach tuvo ocasión de asistir a una representación por parte de los niños sobre lo que habrían visto esa misma noche en su casa, alrededor de la mesa durante la cena. Había una madre y un padre de cinco años que bendecían a sus hijos de cinco años bajo la mirada atenta de ancianos abuelos. Se quedó fascinada por la fuerza de esta institución totalizante, y les preguntó a los niños por cuál fuera el momento que más preferían del Shabbat. Un niño de cinco años se dirigió hacia ella y le dijo: «es el único día de la semana en el que mi papá no tiene que salir corriendo de casa». Cuando estábamos caminando de vuelta del colegio, y tras haber apagado la cámara, Leach se dirigió a mí diciéndome, «Rabino jefe, ese Shabbat tuyo está salvando los matrimonios de sus padres».

Y así es. He aquí el modo que elegí para contarles esta historia, a la manera hebrea, por así decirlo. Empezamos por la aparición de la reproducción sexuada, luego pasamos por la demanda típicamente humana de los cuidados parentales, por el sucesivo triunfo de la monogamia como requisito básico para el logro de la igualdad humana, para llegar luego al modo en que el matrimonio ha forjado nuestra visión de la moral y de una vida religiosa basada en el amor, la alianza y la fidelidad y, finalmente, hemos hallado en la conversación entre quien ama y quien es amado un modo de interpretar la verdad. El matrimonio y la familia existen ahí donde la fe halla su casa y donde la Presencia Divina vive en el amor entre los cónyuges, padres e hijos.

¿Qué ha pasado? ¿Qué cambios han ocurrido? A continuación voy a proponer una interpretación muy personal. Hace algunos años escribí un libro sobre religión y ciencia en el que resumí con dos frases la diferencia sustancial que existe entre ellas: «La ciencia desmonta las cosas para ver cómo funcionan. La religión las junta para ver qué significan». Y es la misma forma en la que hay que pensar la cultura. ¿Qué es lo que hace la cultura, pone las cosas en relación o más bien tiende a separarlas?

Lo que convierte a la familia en algo tan excepcional, en una obra de noble factura religiosa, es todo lo que la mantiene unida: el impulso sexual, el deseo físico, la amistad, la compañía, la afinidad emocional, el amor, la procreación de los hijos, el cuidado y la protección que hay que asegurarles, además de una educación oportuna, y una introducción segura en una identidad y en una historia concretas. Raramente una institución, por sí sola, logra entretejer un abanico tan amplio de motivaciones y deseos, roles y responsabilidades. El matrimonio reviste de sentido el mundo y le confiere un rostro humano, el rostro del amor.

A causa de un número de motivos muy variados, algunos de los cuales tienen que ver con los desarrollos de la ciencia en el ámbito biomédico (como el control de los nacimientos, la fecundación in vitro y otras intervenciones genéticas), algunos que atañen a asuntos éticos como la idea de que todos tenemos la libertad de hacer cualquier cosa a condición de que no dañemos a los demás, algunos relacionados con la transferencia de responsabilidades del individuo al Estado, además de otros y más radicales cambios en la cultura occidental, casi todo lo que con respecto al matrimonio antes unía, ahora parece estar separando. La experiencia del sexo ha sido disociada del amor, el amor del compromiso, el matrimonio del hecho de tener hijos y esto último de la responsabilidad de cuidar de ellos.

El resultado ha sido que en 2012 en Gran Bretaña el 47,5% de los niños ha nacido fuera del matrimonio y se prevé que en 2016 serán la mayoría. Cada vez menos personas contraen el sacramento, las que se casan sólo lo hacen tras haber tenido hijos, y el 42% de los matrimonios acaban con un divorcio. En mi opinión, la convivencia no puede ser un subrogado del matrimonio, aún más si consideramos que el promedio de las convivencias en Gran Bretaña no llega a los dos años. Y las secuelas de todo esto se registran en un aumento increíble, entre los jóvenes, de los trastornos de la alimentación, la adicción al alcohol y a otras drogas, los trastornos ligados al estrés, la depresión y los suicidios, intentados y consumados. El colapso de la institución matrimonial ha creado una nueva forma de pobreza que está afectando en particular a las familias monoparentales y, entre éstas, quienes más resienten de la situación son las mujeres: en 2011 han sido las primeras de la lista, con un 92%, en encontrarse en una situación familiar de este tipo.

Actualmente, en Gran Bretaña, más de un millón de niños están creciendo sin ningún tipo de contacto con sus padres.

Esto está generando una discrepancia dentro de las sociedades que no se registraba desde que, hace aproximadamente un siglo y medio, Disraeli habló de la existencia de “dos naciones”. Los que tienen el privilegio de crecer dentro de un contexto estable y caracterizado por la unión y el amor entre dos personas serán sujetos medianamente más sanos tanto a nivel físico como emocional. Tendrán un mayor éxito en la escuela y en el trabajo. Tendrán suerte en las relaciones, serán más felices y vivirán largo y tendido. Y sí, es cierto, hay muchas excepciones. Pero una injusticia parecida tarde o temprano clamará desde la tierra[3].

Y esto pasará a la historia como uno de los ejemplos trágicos de lo que Friedrich Hayek llamaba “la presunción fatal” y que de alguna forma conocemos mucho mejor que la sabiduría secular y que hasta puede sustraerse a las enseñanzas de la biología y la historia.

No quiero en ningún modo desempolvar los prejuicios anticuados y limitados del pasado. Esta semana en Gran Bretaña se ha estrenado una película que cuenta la historia de una de las mentes más brillantes del siglo XXI, Alan Turing, el matemático de Cambridge que sentó las bases filosóficas de la informática y de la inteligencia artificial, y que jugó un papel central en la victoria de la guerra al descifrar Enigma, el código naval alemán. Después de la guerra, Turing fue arrestado y procesado a causa de su orientación homosexual y, tras haber sido sometido a la castración química, falleció con 41 años, según muchos envenenándose con el cianuro. Aquel es un mundo al que jamás de los jamases deberíamos regresar.

Sin embargo, nuestra compasión hacia los que eligen vivir de otra forma no puede dispensarnos de ser abogados de las institución en absoluto más humanizantes de la historia. La familia, formada por un hombre, una mujer y unos hijos, no es una entre las muchas elecciones que tenemos a disposición. No es un estilo de vida. Es el mejor significado que ha sido descubierto nunca para criar a las futuras generaciones y para darles a los niños la posibilidad de crecer en un contexto de estabilidad y amor. Es donde aprendemos la delicada coreografía de la relacionalidad y mediante la cual aprendemos a manejar los inevitables conflictos que existen dentro cualquier colectivo humano. Es donde, por primera vez, experimentamos el riesgo de dar y recibir amor. Es donde una generación pasa sus propios valores a la sucesiva y, por ello mismo, garantiza la continuidad de una cultura concreta. En cualquier tipo de sociedad la familia constituye la encrucijada fundamental para su futuro y, por el bien de nuestros hijos y de su futuro, hemos de ser sus defensores.

Al ser ésta una asamblea de hombres de fe, permítanme concluir mi ponencia con la exegesis de un paso de la Biblia. La historia de la primera familia, el primer hombre y la primera mujer en el jardín del Edén, en general no suele ser considerada como una historia de gran éxito. Que creamos o no en el pecado original, en cualquier caso no se resuelve con un desenlace feliz. Sin embargo, tras haberle dedicado muchos años al estudio de este texto, quiero proponer una lectura diferente.

La historia se cierra con tres versos que, a primera vista, no parecen tener ninguna relación entre ellos. Ningún orden. Ninguna lógica. En el Génesis (3:19), Dios le dice al hombre: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás». Luego, en el siguiente verso, leemos: «El hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes». Y en el sucesivo, «Y el Señor Dios hizo vestiduras de piel para Adán y su mujer, y los vistió».

¿Cuál es la relación entre estos tres versos? ¿Por qué Dios le dijo al primer hombre que era mortal y luego le animó a que le diera un nombre a su esposa? ¿Y por qué ese gesto parece cambiar la actitud de Dios hacia ellos al punto que decidió cumplir un acto de gran misericordia como proveerlos de los indumentos, casi como si en un cierto sentido ya los hubiese perdonado? Permítanme añadir que la palabra hebrea por “piel” casi no puede distinguirse de la que usamos por “luz”, al punto que el Rabino Meir, el grande sabio del siglo pasado, dio una interpretación distinta del texto, diciendo que Dios les hizo “vestiduras de luz”. Pero, ¿qué significa todo esto?

Si leemos atentamente el texto notamos que hasta ese momento el primer hombre le había otorgado a su esposa un nombre puramente genérico. Simplemente la había llamado ishah, esto es, “mujer”. Recordemos de paso lo que dijo al verla por primera vez: «Ésta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne; ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada» (Génesis, 2:23). Para Adán ella era un simple cuerpo, no una persona. No le había asignado un nombre propio, sino uno abstracto y, para mayor escarnio, la define como un derivado suyo: algo tomado del hombre. Para Adán, Eva todavía no es ningún otro, una persona aparte, hecha y derecha, sino una mera proyección de sí mismo.

En la medida en que el hombre creía ser inmortal, entonces, básicamente no necesitaba de ningún otro. Pero ahora se percata de su condición irremediablemente mortal y de que un día volverá a ser polvo. Hay sólo una manera para que algo de él pueda seguir existiendo después su muerte. Y ese modo consiste en engendrar un hijo. Pero desde luego no puede hacerlo por sí mismo y necesita a una mujer quien, a su vez, sola no puede dar a luz ningún niño. Sólo ella tiene el poder de mitigar su mortalidad y no en cuanto igual a él, sino justo porque es un ser fundamentalmente diferente. En aquel momento, para Adán, la mujer deja de ser una simple entidad y se convierte en una persona aparte, una persona con un nombre propio. Esto es lo que el hombre le dio: el nombre Chavah, “Eva”, cuyo significado, y no acaso, es “(la) que da la vida”.

En ese momento, justo mientras están a punto de dejar el Edén para encarar el mundo tal y como lo conocemos nosotros, un lugar dominado por la obscuridad, Adán cumplió el primer acto de amor hacia su esposa, dándole un nombre propio de persona. Y es en ese momento que Dios se demuestra misericordioso y les abastece de atuendos de piel (o como dijo el Rabino Meir, de “vestiduras de luz”), para que taparan su dignidad.

Y es así que, desde entonces, cada vez que un hombre y una mujer se encuentran en un vínculo de fidelidad mutua, Dios los viste de atuendos de luz y ellos llegan a estar tan cerca de Dios como nunca lo habían estado, dan origen a una nueva vida, convierten la prosa de la biología en la lírica del espíritu humano y redimen la obscuridad del mundo mediante el destello del amor.

Fuente: Almudi

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